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¿Y si aprender a estar sola fuera el primer paso hacia la libertad?

  • situraijim
  • 8 oct 2025
  • 2 min de lectura

Esta mañana me encontré con una amiga que acaba de poner fin a una relación insatisfactoria de muchos años. Había esperado cambios, había puesto de su parte más de lo que le correspondía y, finalmente, tomó la decisión de salir de ahí. Mientras hablábamos, se le escapó una frase que me dejó pensando:

“Es que yo no sé estar sola, yo quiero a alguien que me cuide.”

Cuánta verdad y cuánta carga hay en esas palabras. Porque no se trata solo de ella. A muchas de nosotras nos enseñaron que estar en pareja es casi un mandato vital. Que la vida de una mujer no está completa si no hay alguien a su lado. Que estar sola es sinónimo de fracaso.

Basta pensar en cómo hemos crecido: las películas de Disney que nos mostraban princesas esperando ser rescatadas, los cuentos donde el final feliz siempre era el beso del príncipe, la publicidad que nos repetía que la verdadera plenitud se encontraba en ser deseadas y escogidas. El mensaje se grabó hondo: nuestro valor está en tener pareja, y cuanto antes la encontremos, mejor.

Marcela Lagarde lo explica con claridad: no nos enseñan a vivir sin pareja, a ser autónomas, a cuidarnos y a disfrutar de nuestra propia compañía. Y esa carencia nos coloca en una posición de vulnerabilidad. Porque cuando no sabemos estar solas, priorizamos tener a alguien al lado, aunque esa relación no nos haga bien.

Es ahí donde el riesgo se multiplica: mantenemos vínculos insatisfactorios por miedo a quedarnos solas, o incluso permanecemos en relaciones donde hay violencia. Y lo hacemos no porque no tengamos fuerzas, sino porque la socialización de género nos ha convencido de que la soledad es lo peor que nos puede pasar.

Pero estar solas no significa estar vacías. Puede ser, de hecho, una de las experiencias más potentes de libertad y crecimiento personal. Es en esos momentos donde aprendemos a poner el centro en nosotras mismas, a escuchar nuestras necesidades, a decidir cómo queremos vivir y a descubrir que podemos cuidarnos con ternura sin depender de nadie más.

Eso no quiere decir renunciar al amor ni a los vínculos. Se trata de poder elegirlos desde la autonomía y no desde la necesidad. Entrar en una relación porque queremos, no porque tememos a la soledad. Amar desde la libertad, no desde la dependencia.

Quizá el verdadero desafío esté ahí: transformar la idea de que el amor es el eje central de nuestra existencia, y reconocer que nuestra vida puede ser plena por sí misma. Que la compañía más importante es la nuestra. Que la autonomía no nos aísla, sino que nos permite relacionarnos de otra manera: con igualdad, con cuidado mutuo, con respeto.

La soledad no es un castigo. Puede ser una oportunidad de encuentro con una misma, un terreno fértil donde cultivar autoestima, proyectos propios y deseo de vivir. Y, desde ahí, construir vínculos mucho más libres.

Y tú, cómo vives la soledad? ¿Como un vacío que llenar o como un espacio para encontrarte contigo misma?

 


 
 
 

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