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La ética del cuidado también en las despedidas

  • situraijim
  • 12 oct 2025
  • 2 min de lectura

Hace unos días, una alumna me contó que al llegar a su destino Erasmus, su novio de los últimos cinco años le escribió un mensaje de WhatsApp: “No puedo seguir contigo”. Sin explicación, sin voz, sin encuentro.

Otra mujer me relató que, después de diecisiete años de relación, su pareja le dijo una mañana que quería separarse. Ella, entre lágrimas, le preguntó si podían hablarlo, entenderlo. Él solo respondió: “No puedo ahora, tengo que ir a la ciudad a recoger un paquete”.

Son historias distintas, pero comparten algo en común: la falta de responsabilidad afectiva. Es decir, la incapacidad —o la falta de voluntad— de acompañar el final de una relación con cuidado, honestidad y empatía.

En los discursos sobre el amor solemos hablar de cómo enamorarnos, de cómo mantener una relación, pero poco se habla de cómo terminarla éticamente. Y eso también forma parte del amor. Desde una ética del cuidado, amar no es solo permanecer, sino también saber despedirse con dignidad, reconociendo el dolor del otro, sin desaparecer, sin herir gratuitamente.

Pero quiero centrarme en nosotras, en cómo gestionamos estos finales. A las mujeres se nos ha educado para que el amor sea el centro de nuestra identidad. Nos enseñaron que sin pareja estamos incompletas, que amar (y ser amadas) da sentido a nuestras vidas. Por eso, cuando el amor se rompe, no solo perdemos una relación, sino también una parte de quiénes creemos ser.

En ese vacío aparecen la ansiedad, la tristeza profunda, la sensación de no saber quién soy ni hacia dónde voy. No porque no tengamos vida más allá del amor, sino porque nos han enseñado a construirnos en función del otro.

Sin embargo, cada ruptura puede ser también una oportunidad de reconfiguración. De mirar hacia adentro y preguntarnos:

¿Qué otros pilares sostienen mi vida además del amor?

¿Qué espacios, personas o proyectos me nutren?

¿Qué necesito cuidar de mí misma para no volver a quedar en ruinas cada vez que alguien decide irse?

Cuidarnos no es cerrarnos al amor, sino no dejar que el amor sea lo único. Podemos cultivar otras formas de sostén: la amistad, la comunidad, el cuerpo, el trabajo creativo, la naturaleza, el descanso, la espiritualidad, la independencia económica, la sororidad. Cuantos más pilares tengamos, más equilibrada será nuestra estructura emocional cuando uno de ellos tiemble.

La ética del cuidado empieza por nosotras. Por aprender a cuidar el vínculo más importante: el que tenemos con nosotras mismas. Y desde ahí, aprender también a dejar ir. No desde la indiferencia, sino desde la conciencia de que amar no puede ser sinónimo de perderse.


 
 
 

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