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Cuando la psicología sirve al patriarcado

  • situraijim
  • 22 oct 2025
  • 2 min de lectura

Hace unos años, una madre llevó a su hijo a terapia. El niño se había ido alejando de ella poco a poco. Su padre ejercía violencia vicaria, desvalorizándola delante del menor hasta romper el vínculo que los unía.

Un día, la psicóloga la citó a solas y le dijo con tono seguro:

—Tu hijo se aleja de aquello que le hace mal. 

Aquella frase se le quedó grabada para siempre. No solo por el dolor que contenía, sino porque condensaba en una sola sentencia una larga historia de culpabilización hacia las mujeres. 


Durante más de un siglo, la psicología ha interpretado el malestar femenino desde los ojos del patriarcado. Bajo la apariencia de neutralidad científica, ha sido una herramienta que ha reforzado los estereotipos de género, legitimado el control sobre las mujeres y patologizado sus reacciones ante la desigualdad. 

Freud describió a las mujeres como seres “envidiosos del pene” y “dependientes del amor masculino”. Las teorías sobre la “madre esquizofrenógena” responsabilizaron a las madres del sufrimiento psíquico de sus hijos. Más tarde, el diagnóstico de “personalidad histérica” se aplicó a mujeres que simplemente expresaban emociones o deseos incompatibles con la feminidad normativa. 

La psicología, en su intento de explicar la conducta humana, se olvidó de que el sufrimiento también tiene causas políticas y estructurales.  Así, los problemas derivados de la desigualdad, de la violencia o de la carga mental fueron traducidos como “trastornos personales”.  En lugar de mirar el contexto, se miró el síntoma.  Y en lugar de cuestionar el sistema, se señaló a las mujeres. 

A muchas madres se las llamó “sobreprotectoras”.  A las mujeres que gritaban, “histéricas”.  A las que se quedaban, “dependientes”.  Y a las que se iban, “egoístas”.  En todos los casos, el mensaje era el mismo: ellas eran el problema. 

Por eso, hablar hoy de psicología feminista no es una moda ni una etiqueta bonita: es una necesidad ética.  Significa revisar críticamente las teorías, los diagnósticos y las prácticas que durante años han perpetuado desigualdades.  Significa entender que la salud mental no se puede desligar del género, del poder, de la clase o del contexto.  Y significa acompañar desde una mirada que no juzgue, sino que escuche, contextualice y repare. 

Una psicología feminista no pregunta “¿qué te pasa?”, sino “¿qué te ha pasado y en qué contexto?”.  No busca culpables, busca comprensión.  Y sobre todo, devuelve a las mujeres su derecho a ser entendidas sin etiquetas ni juicios. 

Esa madre que un día escuchó que su hijo se alejaba “de lo que le hacía mal” no necesitaba culpa.  Necesitaba acompañamiento, comprensión y una mirada que reconociera la violencia que había sufrido.  Como tantas otras mujeres, necesitaba una psicología que no reproduzca el patriarcado, sino que lo desmonte. 


 
 
 

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