Repensar el amor: una tarea urgente para las mujeres
- situraijim
- 8 oct 2025
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Durante siglos, el amor ha sido el centro de la vida de las mujeres. No por elección, sino por mandato. Nos enseñaron que amar era nuestra misión, nuestro destino y, muchas veces, nuestra única fuente de valor. Desde niñas, aprendemos que una “buena mujer” debe cuidar, sostener, comprender, entregar… incluso cuando eso implique olvidarse de sí misma.
Marcela Lagarde lo llama la colonización amorosa de las mujeres: ese proceso por el cual el amor se convierte en una forma de control invisible. Bajo la promesa de plenitud y felicidad, muchas mujeres acaban subordinando sus proyectos, su libertad y su identidad a las necesidades del otro. “Seres del amor”, los llama Lagarde, porque todo en nosotras —nuestros pensamientos, deseos y emociones— gira en torno a amar y ser amadas.
Pero hoy, en pleno siglo XXI, muchas mujeres vivimos una contradicción profunda. Hemos conquistado espacios de autonomía, tenemos estudios, trabajo, independencia económica… y, sin embargo, seguimos arrastrando un modelo afectivo que nos ata. Seguimos creyendo que amar es sacrificarse, que la soledad es un fracaso y que la plenitud está en encontrar a alguien. Esa tensión entre lo que somos y lo que nos enseñaron a ser es lo que Lagarde denomina sincretismo de género: la coexistencia de la mujer moderna y la mujer tradicional dentro de nosotras mismas.
Repensar el amor es un acto político y necesario. Implica preguntarnos cosas que, durante siglos, nadie nos permitió cuestionar:¿Quién soy cuando no estoy amando?¿Qué deseo realmente?¿Desde qué lugar amo: desde la carencia o desde la libertad?
Lagarde propone algo revolucionario: convertirnos en sujetas de pacto amoroso, es decir, mujeres capaces de negociar los términos del amor desde la igualdad, el respeto y la autonomía. El amor, dice, no es un fenómeno natural, sino una construcción histórica. Y si fue construido, puede ser transformado.
Para poder amar libremente, necesitamos conocimiento, límites y egoísmo. Sí, egoísmo. No en su sentido negativo, sino como la afirmación de nuestro “yo misma” en el centro de la vida. Solo quien se conoce, se cuida y se respeta puede establecer vínculos sanos. Solo desde una soledad vivificante —esa que nos permite escucharnos y fortalecernos— es posible amar sin perderse.
Reflexionar sobre el amor no es perder la fe en él. Es desmitificarlo para humanizarlo. Es dejar de buscar el amor como salvación y empezar a vivirlo como elección. Amar puede ser una experiencia hermosa, pero solo cuando nace de dos personas libres, conscientes y dispuestas a pactar desde la igualdad.
Porque amar desde la libertad no es renunciar al amor, sino empezar, por fin, a amarnos a nosotras mismas.




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