Patriarcado y capitalismo: una pareja bien avenida
- situraijim
- 8 oct 2025
- 3 min de lectura
Hace poco fui a hacerme la manicura. Yo solo quería cortar y limar, nada más. Mientras esperaba, vi que todas las demás mujeres que estaban allí, que serían unas 10, tenían los dedos envueltos unas gasas untadas de un extraño líquido. Dada mi curiosidad obstinada me informé sobre esta cuestión y lo que concluí es que es un proceso largo, incómodo y caro. Y pensé: “¿Cuánto tiempo, dinero y energía gastamos las mujeres en responder al mandato de la belleza? ¿Cuánto nos empobrece? No solo en el bolsillo y en el tiempo… también en nuestra autoestima.”
La “dictadura de la belleza” funciona como un mandato invisible. Nos empuja a dedicar horas y recursos a perseguir un ideal imposible, cambiando nuestro cuerpo, nuestro rostro o nuestras uñas. Y aunque sabemos que estos estándares son exigentes y muchas veces inalcanzables, seguimos atrapadas en esa rueda.
Naomi Wolf, en El mito de la belleza, explica que este ideal funciona como una auténtica “tercera jornada” para las mujeres. A las horas de trabajo remunerado y al trabajo doméstico se añade un tercer turno: el del “cuidado estético”, que exige dinero, esfuerzo, hambre, cirugía o sacrificio de descanso. Se trata de una forma de control que mantiene a las mujeres distraídas, agotadas y, por lo tanto, menos libres para ocupar espacios de poder, creación o participación política.
El patriarcado y el capitalismo han sellado aquí una alianza perfecta: el primero dicta cómo “debe ser” el cuerpo de las mujeres, nos impone los mandatos de belleza y la mirada constante de evaluación; el segundo convierte esa presión en negocio multimillonario y nos vende la solución en forma de cremas, dietas, cirugías o uñas postizas. Una relación bien avenida que se sostiene gracias a nuestro trabajo, nuestro dinero y, sobre todo, a nuestra inseguridad generada por esa mirada del otro. Ya lo explicó John Berger en 1972: “Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se miran a sí mismas siendo miradas.” La mujer, en el arte y en la vida cotidiana, aparece como objeto de contemplación, y al mismo tiempo como sujeto que internaliza esa contemplación. Se aprende a vigilarse, a ensayar poses, a adecuar gestos, a controlar el cuerpo para anticipar la mirada ajena.
Wolf usa una metáfora potente para explicar este fenómeno: la “Dama de Hierro”. Se trata de un ideal rígido, ultradelgado, joven, sin imperfecciones, que castiga física y psicológicamente a quienes no lo alcanzan. Esa prisión simbólica nos obliga a invertir nuestra energía vital en moldear nuestro cuerpo en vez de en construir autonomía y libertad.
El mito de la belleza no es un capricho: es un mecanismo de poder. Cuanto más ocupadas estamos en moldear nuestro cuerpo para alcanzar un estándar imposible, menos tiempo, energía y dinero tenemos para otras cosas: estudiar, crear, descansar, participar en la vida pública o política. En otras palabras, es una estrategia de dominación que nos distrae y nos limita.
Y aquí está la paradoja: creemos que cuidarnos así es un acto de libertad, cuando en realidad es una forma de sometimiento disfrazada de elección. La verdadera pregunta no es si te pintas las uñas o no, si te depilas o no, si te dejas las canas o no, sino si lo haces desde una decisión crítica y consciente, o desde la presión silenciosa de seguir respondiendo a la mirada ajena.




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