De la última fila a la primera: un cambio necesario
- situraijim
- 16 sept 2025
- 2 min de lectura
El otro día me pasó algo en el gimnasio, en una clase de spinning.
Llegué cinco minutos antes de que empezara. La sala ya estaba bastante llena: unas doce mujeres habían entrado antes que yo y todas se habían colocado en las bicis de las filas de atrás. Miré al frente y me llamó la atención que las tres primeras filas estaban completamente vacías, como si no existieran.
Comenzó la clase. En ese momento entró un hombre. Saludó con tranquilidad, avanzó por la sala sin titubear y se sentó en la bici de la primera fila, justo delante del profesor. Nadie le miró raro, nadie cuestionó su decisión. Simplemente ocupó ese lugar con toda la confianza del mundo.
La escena se me quedó grabada. No porque él hiciera nada extraordinario —al contrario, era lo más natural del mundo—, sino porque contrastaba con el comportamiento colectivo de todas las demás. Nosotras, sin hablarlo, nos habíamos replegado hacia atrás.
Ese gesto aparentemente insignificante es un reflejo de algo mucho más profundo: la manera en que las mujeres hemos sido socializadas para ocupar el espacio.
No se trata solo de un lugar en una sala de gimnasio. Pasa en las aulas, en los trabajos, en las reuniones, en las calles. Nos enseñaron a no interrumpir, a no levantar demasiado la voz, a no molestar. A elegir los rincones discretos antes que el centro. A ocupar lo justo y, si se puede, un poco menos.
Esa tendencia a buscar el segundo plano no nace de la nada. Es el resultado de años de mensajes explícitos e implícitos: “sé educada”, “no llames la atención”, “no seas mandona”, “mejor discreta que arrogante”. Al final aprendemos que estar en la última fila es más seguro: ahí nadie te juzga, nadie te señala, nadie espera que lideres.
Mientras tanto, los hombres han recibido un aprendizaje distinto. Colocarse delante no es un riesgo, es un derecho. Hablar en alto no es molestar, es participar. Tener confianza no es exceso, es naturalidad. Por eso el hombre que entró en esa clase pudo sentarse en primera fila sin pensar demasiado, sin sentir que debía justificarlo.
La pregunta es: ¿Qué consecuencias tiene esta diferencia?
Si siempre elegimos el lugar del fondo, corremos el riesgo de volvernos invisibles. En el gimnasio, en la oficina, en la vida pública. No se nos ve, no se nos escucha, no se nos asocia con el liderazgo ni con la toma de decisiones. Y lo más preocupante: a veces ni siquiera nos damos cuenta de que nos estamos apartando.
Ocupar espacio no significa invadir ni desplazar a nadie. Significa reconocer que también tenemos derecho a estar delante, a ser vistas, a ser escuchadas. Significa dar un paso hacia adelante aunque nos tiemblen las piernas, aunque nos sintamos juzgadas, aunque la costumbre nos empuje a escondernos.
Quizá no se trate de pasar siempre a la primera fila, pero sí de preguntarnos: ¿qué pierdo cada vez que me voy atrás sin pensarlo? ¿qué pasaría si un día me atreviera a ocupar el lugar que también me corresponde?

Y ahora te pregunto: ¿En qué espacios de tu vida te descubres yéndote a la última fila sin darte cuenta? ¿Qué pasaría si eligieras la primera?



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