Cuando decir “sí” nos deja sin aire
- situraijim
- 16 sept 2025
- 2 min de lectura
El otro día una profesora de Formación Profesional me contaba algo que probablemente te suene. En su centro le habían pedido que organizara una actividad extra, además de las clases, tutorías y reuniones que ya llenaban su agenda. Ella sabía que no tenía tiempo, que iba a salir agotada, que no le correspondía asumirlo… pero aun así, dijo que sí.
Lo curioso es que no lo hizo por interés o por entusiasmo, sino por algo mucho más sutil: no quería desagradar, no se sentía cómodo negándose a esa petición. Temía ser vista como “poco colaboradora”, “problemática” o “egoísta”. Así que aceptó. Una vez más.
Y ese “sí” fue el inicio de un nuevo sobrepeso invisible: preparar materiales, coordinar al alumnado, lidiar con imprevistos… mientras la sensación de agotamiento crecía y la de injusticia también.
¿Cuántas veces nos pasa algo parecido en el trabajo? Especialmente a las mujeres, educadas para sostener, cuidar y estar disponibles, para asumir que si no lo hacemos nosotras, todo se vendrá abajo. La “ley del agrado” se cuela también en lo laboral y convierte el exceso de responsabilización en algo casi automático.
A esto se suma la socialización de género que nos empuja a la hiperperfección: no basta con cumplir, parece que debemos hacerlo todo impecable, sin errores, siempre dando más de lo esperado. Este mandato silencioso nos lleva a sobrecargarnos aún más, porque sentimos que nunca es suficiente, que siempre hay algo más que deberíamos hacer o mejorar.
El problema es que ese “sí” continuo y esa exigencia desmedida tienen un precio: el desgaste, el cansancio acumulado, la pérdida de tiempo para nosotras mismas. Y, además, refuerzan la idea de que siempre habrá alguien dispuesto a cargar con lo que otros no quieren.
Poner límites en el trabajo no es egoísmo. Es un acto de autocuidado y también de justicia: reconocer que tu tiempo y tu energía tienen valor. Decir “no” no significa ser una mala profesional, sino ser consciente de hasta dónde puedes llegar sin romperte.
La próxima vez que te pidan algo que sabes que no te corresponde o que te sobrecarga, recuerda esto: tu “no” también educa, también transforma, también abre espacio para que las responsabilidades se repartan de forma más equitativa.

Y tú, cómo te sientes cuando dices que no en tu trabajo? ¿Lo vives como un alivio o como una culpa?



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